
Hay algo peculiar en la nueva batalla automotriz de Estados Unidos, pues, mientras senadores demócratas y republicanos buscan convertir en permanente la prohibición de vehículos chinos, Donald Trump ha dejado abierta la posibilidad de que esas mismas empresas fabriquen automóviles dentro de territorio estadounidense.
La contradicción resulta difícil de ignorar. El proyecto impulsado por Elissa Slotkin y Bernie Moreno busca impedir que la Casa Blanca conceda excepciones a fabricantes chinos para vender vehículos en Estados Unidos; sus argumentos combinan protección de la industria nacional con preocupaciones de seguridad debido a que un automóvil conectado puede generar datos mediante Bluetooth, Wi-Fi, redes celulares y otras tecnologías.
Por otra parte, fabricantes, proveedores y concesionarios han pedido mantener cerrada la puerta a las compañías chinas, mientras Washington mantiene aranceles superiores al 100% para los vehículos eléctricos provenientes de China.
Pero hay una pregunta que queda flotando detrás de toda esta disputa: ¿Qué preocupa realmente del automóvil chino: el vehículo, la tecnología que lleva dentro o quién controla esa tecnología?
Porque resulta evidente que en la actualidad, un auto no solamente es un máquina que transporta personas, ahora también recopila información, se comunica con el exterior y depende de software para buena parte de sus funciones.
Y ahí la discusión se vuelve mucho más grande que China contra Estados Unidos, pues verdadero campo de batalla podría estar escondido detrás de la pantalla del tablero.
